Por Kamal Kishore,
Representante Especial del Secretario General de las Naciones Unidas para la Reducción del Riesgo de Desastres,
Jefe de la Oficina de las Naciones Unidas para la Reducción del Riesgo de Desastres (UNDRR)
LinkedIn
A lo largo de tres décadas dedicadas a la respuesta ante desastres en todo el mundo, he observado con frecuencia una curiosa tendencia en el ser humano: la de descuidar los cimientos invisibles de nuestra seguridad. Prestamos una atención minuciosa a lo visible –la estética, el confort y la eficiencia de nuestras ciudades–, mientras relegamos la resiliencia invisible indispensable para que nuestras sociedades sigan funcionando cuando ocurre una catástrofe.
Hoy en día, semejante descuido es un lujo que ya no podemos permitirnos. El Informe sobre los Riesgos Globales 2026 del Foro Económico Mundial identifica, con razón, a las infraestructuras críticas como un riesgo principal y sistémico, y subraya que la forma en que concebimos, construimos y gestionamos nuestros sistemas esenciales debe ser objeto de una profunda revisión.
Un riesgo sistémico asociado al fallo de las infraestructuras
La magnitud del desafío es abrumadora. Mientras que los costos directos de los desastres alcanzan aproximadamente USD 202 000 millones al año, la edición 2025 del Informe de evaluación global sobre la reducción del riesgo de desastres revela una realidad mucho más alarmante: si se tienen en cuenta los efectos en cascada y los impactos indirectos, el costo real es once veces superior, y asciende a cerca de USD 2,3 billones anuales. En un mundo interconectado, un fallo puntual en una red eléctrica o en un sistema de abastecimiento de agua puede tener repercusiones de gran alcance sobre el tejido económico.
Garantizar la resiliencia de las infraestructuras contribuye a salvar vidas, a preservar los logros del desarrollo y a reducir las necesidades humanitarias. Constituye, además, un habilitador clave para la implementación del Marco de Sendai para la Reducción del Riesgo de Desastres 2015–2030, del Acuerdo de París sobre el Clima y de la Nueva Agenda Urbana.
Con el fin de ayudar a los países a integrar mejor la resiliencia frente a los desastres en sus infraestructuras, la Oficina de las Naciones Unidas para la Reducción del Riesgo de Desastres (UNDRR) lanzó en 2023 los Principios para las Infraestructuras Resilientes. Desde entonces, estos principios han evolucionado hasta convertirse en una Norma Internacional de referencia –ISO 22372– que ofrece directrices prácticas para reforzar la resiliencia de los sistemas de infraestructura.
El objetivo de la UNDRR es apoyar a los países en la adopción de normas y prácticas más orientadas a la resiliencia.
De los principios a una norma mundial compartida
Este hito representa mucho más que un logro técnico. Marca la aparición de un lenguaje mundial común en materia de resiliencia, que reconoce las infraestructuras como un «sistema de sistemas». La capacidad de un hospital para seguir funcionando en una situación de crisis, por ejemplo, depende no solo de sus edificios, sino también de la resiliencia de las microrredes que alimentan sus operaciones y de las redes digitales que permiten gestionar sus datos.
La norma ISO 22372 complementa asimismo marcos legislativos como la Directiva relativa a la resiliencia de las entidades críticas (REC) de la Comisión Europea. Mientras que la regulación establece los requisitos, las normas internacionales ofrecen vías prácticas para alcanzar la resiliencia y garantizar la continuidad de los servicios esenciales en situaciones de tensión.
Los países pueden recurrir también a herramientas como las pruebas de resistencia de las infraestructuras resilientes para poner de manifiesto vulnerabilidades a menudo invisibles, en particular la forma en que los efectos en cascada de las sequías, las inundaciones o los incendios forestales pueden perturbar los sistemas energéticos, hídricos y de transporte.
El objetivo de la UNDRR es apoyar a los países en la adopción de normas y prácticas más orientadas a la resiliencia, de modo que los peligros no deriven en desastres de costo exorbitante. No invertir en la resiliencia de las infraestructuras en la era del cambio climático constituye, sin duda, el mayor riesgo de todos.
Al implementar esta nueva norma ISO, las inversiones pueden orientarse hacia el fortalecimiento de la resiliencia allí donde resulta más determinante. De este modo, los países pueden romper decididamente con el «statu quo» y transformar sus sistemas de infraestructura –que en tiempos de crisis representan un factor de vulnerabilidad– en un activo estratégico, capaz de salvar vidas, mantener los servicios esenciales y apoyar el desarrollo sostenible en un mundo cada vez más incierto.